Lo más conveniente es pedir ayuda cuando los cambios dejan de ser algo puntual y empiezan a interferir en su bienestar o en el equilibrio familiar. Por ejemplo, cuando hay conflictos continuos, absentismo escolar, problemas de sueño o alimentación, consumo de sustancias, aislamiento, baja autoestima o un sufrimiento emocional que no remite. Pedir ayuda a tiempo no es exagerar: muchas veces es la manera más sensata de prevenir que el malestar se haga más profundo y más adelante lleve años recuperar el bienestar emocional.