Para que nada te detenga, échale sal a tus miedos

Una noche, cuando mi hija tenía nueve años, se despertó en medio de la madrugada asustada por una pesadilla. Había soñado que unos zombies salían de debajo de su cama para cogerla por los pies y llevársela con ellos. El vídeo de Michael Jackson que le pusieron en el colegio en la celebración de Halloween hizo mella y aún lo recuerda cuando se acuesta cansada o nerviosa por algo.

Debo reconocer que yo, que no soy muy valiente, me tuve que poner en mi papel de madre protectora y hacer como si lo que me estaba contando no me diera miedo a mí también y poder tranquilizarla. Es medio broma pero, si me pongo en su piel, entiendo perfectamente que le costara dormirse con esos pensamientos en su cabeza. De modo que tiré de psicología y empecé a trabajar con ella el manejo de los miedos: piensa en los diálogos más divertidos de tu serie favorita, recuerda las canciones que más te gustan, cuéntame un chiste divertido, imagina que el zombi se hace cada vez más pequeño, imagina que se vuelve de colorines, ponle la voz del pato Donald… hasta que al final, no sé si por la psicología o porque el cansancio pudo con ella, consiguió dormirse de nuevo.

Lo cierto es que sus miedos me han hecho pensar en los miedos que tenemos de adultos. Cada uno de nosotros tenemos nuestros propios miedos que nos impiden unas veces dormir, otras conseguir lo que queremos y algunas otras avanzar hacia donde nos gustaría llegar.

Algunas veces lo que nos cuesta es reconocer el hecho mismo de que tenemos miedos. Miedo a fracasar, al error, al qué dirán, a brillar… Y así permanecemos inmóviles. Porque, cuando los adultos tenemos miedo, ¿qué hacemos para enfrentarnos a ese miedo? Estaría bien intentar pensar en cosas divertidas cuando empezamos a notar que nos falta el valor. La risa y el miedo no se llevan bien. También podríamos dar una mano de pintura de colores a la causa de nuestro miedo, o ponerle la misma voz del pato Donald. También podemos imaginarnos a nosotros mismos más grandes y capaces y al miedo más pequeño e inofensivo.

Te invito a que hagas una lista con las cosas que te dan miedo y a las que no te crees capaz de enfrentarte. Luego trata cada punto de esa lista como si fueran las pesadillas de tu hijo pequeño. Qué cosas le dirías a tu hijo para infundirle valor, qué trucos le enseñarías para que aprendiera a controlar ese miedo. Y poco a poco ve enfrentándote a cada uno de ellos. Cada victoria que consigues te hace más fuerte.

Imagina que el miedo es como una garrafa de aceite. Cuando el aceite se encuentra dentro de la garrafa lo puedes manejar y llevar de un sitio a otro. Puedes dejarlo y tomarlo cuando quieras, pero ¿qué ocurre cuando la garrafa se rompe? Entonces el aceite se desparrama impregnando y manchándolo todo. Eso mismo le ocurre a nuestros miedos. Si los dejamos campar por nuestra vida a su antojo son como el aceite derramado. Debemos “embotellar” nuestros miedos no permitiendo que ocupen cada minuto de nuestro pensamiento. A veces,  para contrarrestrar el efecto grasiento del aceite derramado se le echa sal. Si piensas que ya no puedes manejar tus miedos, échales sal, es decir, sentido del humor, verás cómo así ya no te asustan tanto.

2016-10-16T13:25:29+00:00 Diciembre 9th, 2014|

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